Rumanía II: Mi primera impresión


 

Gara de Nord nevada (foto: wikipedia)

Gara de Nord nevada (foto: wikipedia)

En anterior capítulo terminamos hablando de Bucarest, y hoy quiero contaros mis primeras impresiones tras aterrizar en la llamada “París del Este” o “Little Paris”.

Mi primera vez en la capital, sucedió un frío lunes de Febrero. Llegué al aeropuerto Henry Coanda, que me pareció pequeñito, pero bastante moderno y con el detalle de tener (fuera de la zona de embarque) un supermercado a precio de calle en la terminal de llegadas. De todas formas y como descubriría en posteriores visitas, las terminales de llegada y salida están conectadas por una gran pasarela donde hay bastantes asientos y alguna cafetería, zona que además se queda abierta toda la noche. Por lo tanto, el aeropuerto de Bucarest es un buen lugar para pasar la noche y, teniendo en cuenta que el supermercado tiene un take-away que vende comida al peso, podemos decir que es un aeródromo bastante amable con el viajero.

Una vez fuera del edificio, en el piso de abajo, lo que vi fue a muchos operarios limpiando la nieve, muchos taxis amarillos y, lo que más me asustó, unos cuantos policías con mala cara portando lo que parecían unas AK47 (y sí, eran lo que parecían). Luego, esperando la cola para el autobús que te lleva a la estación central de tren, Gara de Nord, también me di cuenta de que es un país en el cual se fuma mucho, la parte metálica que corona las papeleras estaba repleta de colillas y todos los trabajadores, desde el conductor al porta-maletas, iban dejando una estela de humo a su paso. Aún así, pasados los primeros momentos de choque cultural, fui observando que los operarios estaban de cachondeo moviendo una andamio con otro trabajador arriba al que no le hacía tanta gracia, los policías sabían sonreír y la gente te indicaba amablemente donde estaban las taquillas de los autobuses, aconsejándote evitar el taxi y pidiéndote fuego ya que estaban.

Si la impresión en el aeropuerto fue la normal al llegar a un país desconocido, la llegada a Gara de Nord fue mucho más excitante. A esas horas, sobre las 5 de la tarde, ya se había hecho de noche y lo primero que vi al bajar del autobús fue que en los espacios aún no despejados, la cantidad de nueve era más alta que yo. El parque que hay enfrente de la estación era un muro blanco salpicado del verde de los matorrales, visible a su vez, por las farolas de luz clara. El tráfico era bastante ajetreado, y si en el aeropuerto había taxis amarillos, aquí había tres o cuatro veces más. Además, con la cara de extranjero recién llegado, desde el momento que posas un pie en el suelo eres el blanco perfecto para que la gente intente sacarte algo (decir de mí que soy un blanco perfecto es, cuanto menos, gracioso). Personalmente, y después de haber esta muchas veces en ese lugar, considero que Gara de Nord y su plaza homónima son un lugar mágico por todo lo que pasa en un espacio tan concreto, pero, para que nos entendamos, es uno de los lugares más chungos de la capital.

Una vez dentro del gran edificio de piedra gris, me impresionó su tamaño y sobre todo su techo, compuesto de una estructura de barras de metal pintadas de rojo que le dan un aspecto muy particular. Desde la parada del autobús al gran pasillo que te lleva a los andenes, al menos 4 personas había interactuado conmigo, gente que me quería llevar en su coche, vagabundos pidiéndome dinero y un par de personas más haciendo un gesto con los dedos en uve cerca de la boca, como fumando un cigarro transparente. Es curioso como en mi última visita a la estación, después de haber pasado casi un año en Rumania, apenas se me acercaba gente, como oliendo que ya me conocía el percal.

Pero si algo me impresionó y se me quedará marcado para siempre, eso fue mi llegada a los andenes. Presidiendo los largos pasillos, hay una enorme pantalla mecánica con los horarios de las salidas y las llegadas de esas que ves en las películas haciendo ruido (!tikitikiti! casi como Pablo Iglesias) al actualizar la información. Justo debajo, resguardándose de las temperaturas bajo cero, había una enorme multitud con los ojos fijos en los números y letras que no paraban de dar vueltas. En ese momento, pensé que me había tele-transportado a la Unión Soviética y que estaba en una película de espías. De repente vi a un montón de policías, de nuevo con sus Kalashnikov, pero esta vez con sus gabardinas y sus gorros de piel Rusos (técnicamente llamado ushanka). En las vías, los trenes echaban humo y en los andenes, completamente blancos, la nieve tapaba los bancos y la gente avanzaba con dificultad hacia sus vagones. Me daba la sensación que todo el mundo iba vestido con gabardinas negras de cuello alto y portaba maletines sospechosos. No desperté de mi ensueño hasta que una fuerte luz amarilla llamó mi atención a mi derecha, un McDonald! Dentro, un montón de jóvenes, vestidos con camisas de cuadros y peinados a la última se conectaban a Internet con sus portátiles. Esta imagen resume el encanto de Bucarest y de Rumania en general.

Lo que ya no tuvo tanto encanto fue tratar de comprar el ticket para mi destino, en este caso Brăila. No se que pasa con el gremio de taquilleros en Rumanía, pero tienen un gran problema amabilidad, y si te diriges a ellos en Inglés, mucho peor. Con el tiempo, esa es una de la cosas de Rumania para las que no pude encontrar explicación. El nivel general de inglés es mucho más alto que en España y puedes encontrar personas de todas las edades expresándose con claridad en el idioma de Shakespeare, además de tener la capacidad extra de sonreír. Bueno, pues ninguna de esas personas trabaja en atención al cliente.

Tras conseguir mi objetivo, decidí pedirme un café asqueroso en la famosa hamburguesería del payaso, sólo por el echo de entrar al servicio y conectarme a Internet (único motivo que me puede hacer entrar en cualquier multinacional de comida rápida). De todas formas, esa fue una buena decisión, porque en otra de mis visitas a Buchares decidí entrar a los baños públicos, previo pago de un Lei, y mi experiencia fue espeluznante. Vamos a dejarlo en que, en las paredes de las cabinas, aproximadamente a un metro de altura, hay agujeritos y en los agujeritos hay ojos.

Una vez en el tren, volví a ver esa diversidad de la que os hablaba antes, jóvenes estudiantes que volvían a sus pueblos, gente mayor vestida como con trajes tradicionales, un par de hombres de negocios hablando por su smartphone y alguna familia de gitana cargada con cajas y bolsas a punto de reventar. También pude empezar a descubrir otra de las características curiosas de los Rumanos, les encanta el calor extremo en los espacios cerrados. Sin importar la época del año. Y aún más importante, que hay un acuerdo social por el cual está terminantemente prohibido abrir las ventanas de lugares cerrados, por entra la corriente (Current! current!), y la corriente en Rumania es poco menos que Satanás en persona.

El tren era bastante viejo, en mi ensoñación comunista, seguramente lo veía más viejo de lo que era. Lo asientos eran de tela azul y enfrentados entre sí. Yo intentaba combatir el sueño para captar el mayor número de detalles posibles desde la ventana pese a que era completamente de noche. Sin embargo, la oscuridad y la nieve le daban una imagen espectacular a todas las pequeñas estaciones en las que íbamos parando, con las farolas de color amarillo iluminando sólo una pequeña parte del paisaje, y al controlador uniformado esperando en cada andén. Con el paso del tiempo, cuanto más  nos íbamos adentrando en la inmensidad de la llamada “Gran llanura rumana” se dejó de ver absolutamente nada, por lo que traté de hacer justo lo contrario, intentar dormir y dejar por un momento de fijarme en cada cosa. No pude.

Durante mi estancia en Rumanía, tuve la oportunidad de coger muchos trenes y comprobar que no todos ellos son viejos. De hecho, últimamente habían introducido unos vagones nuevos con dos pisos, wifi gratis y enchufes, sin embargo, me sigue pareciendo que los viejos tienen mucho más encanto. Como curiosidad, ha llegado a ver vagones antiguos con las típicas indicaciones de seguridad tanto en alemán como en francés.

Una vez llegado a mi destino, sobre las 11 de la noche (ya que el tren se había retrasado por la nieve), mi único contacto era la presidenta de la asociación que acogía mi voluntariado, la cual había quedado en venir a recogerme a la estación de Braila. Si en Bucharest hacía frío, mi impresión fue que allí hacía más todavía. Era más tarde y el lugar era bastante más húmedo. Había mucha gente en el andén, pero a los pocos metros una chica joven me interpeló: Igor? Era Laura, mi mentora. Iba vestida con largo abrigo rojo. Poco después, conocí a Mrs. Vadeanu, una señora de unos 60 años, agarrada a su marido, los  dos perfectamente caracterizados para la función de teatro que sucedía en mi cabeza. Ambos con ushankas, ella llevaba un viejo pañuelo por encima y él fumaba sin descanso. Me montaron en su viejo dacia 1300 (para que os hagáis una idea, es básicamente el Renault 12 que teníamos en España en los 80) y empezamos a movernos por la ciudad, que estaba completamente cubierta de nieve, calzadas incluidas.

En un momento dado, llegamos a una gran avenida en la cual se notaba que había apartado la nueve, sin embargo estaba blanca porque seguía nevando. Al llegar a un cruce con varias luces, nos metimos por un callejón en el que la nueve llegaba literalmente al primer piso. Visto el panorama nos detuvimos ahí. Resulta que esa era mi calle y tuvimos que hacer los escasos 20 metros restantes por una especie de pasadizo escarbado en la nieve por los vecinos. La puerta del portal no tenía llave, ni tampoco la siguiente, que daba a las escaleras. En el interior hacía frío, pero me gusto que cada planta estaba decorada con postales y figuras con motivos religiosos o de la cultura rumana que cada vecino había colocando en los alrededores de sus puertas. Una vez dentro de la vivienda, lo que más me sorprendió fue que estaba totalmente cubierta por alfombras, incluida la cocina. Por lo demás, nada fuera de lo común, quitando el hecho de que la nevera estaba llena de pegatinas de Sensación de Vivir. Poco después, tras recordarme las normas básicas de limpieza y convivencia, se fueron, dejándome solo, viendo por la ventana como se alejaban entre la nieve y con sensación de vivir.

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